domingo, 27 de enero de 2013

La religión natural y Rousseau


Me propongo en este artículo hacer una breve descripción y una posterior valoración de las tesis de Rousseau contenidas en  La profesión de fe del vicario saboyano respecto a la religión natural. Tras plantear algunas claves para comprender su pensamiento, analizaré su opinión acerca del carácter natural de la religión y el papel que juegan los testigos, los dogmas y la conciencia.


Rousseau fue un pensador ilustrado del siglo XVIII. So obra filosófica se ocupa de la política y la educación, siendo El Emilio o De la educación «la mejor y más importante de todas sus obras» como él mismo decía. En este tratado aborda cómo debe ser la educación del ciudadano ideal para que el «hombre natural» conviva con una sociedad corrupta. En el Libro IV de la obra aparece un largo relato llamado La profesión de fe del vicario saboyano. Un huérfano incrédulo, depravado y afligido por la penuria entra en contacto con un desventurado sacerdote católico. Éste lo acoge y despierta en el joven esperanza en el porvenir y admiración por las buenas acciones. El joven se da cuenta de que el vicario es feliz en su desventura y le pide que le revele el secreto de la paz de su alma. El sacerdote entonces expone su doctrina a modo de confidencia sobre la religión natural y critica la religión revelada.


Claves

La publicación de El Emilio causo un profundo estremecimiento en los pensadores centroeuropeos del S. XVIII. Su divulgación le valió la condena del arzobispo de París, del Parlamento, del Consejo de Ginebra y de no pocos colegas. Por otra parte encandiló al mismo Kant y Goethe se refería a él como el «evangelio de la educación».

Estamos en el siglo de las luces. La ilustración apostaba por una razón humana capaz de combatir la ignorancia, la superstición y la idolatría para crear un mundo mejor. Rousseau no sólo respira ilustración en el mundo cambiante que le rodea, sino en su trato personal con algunos intelectuales de la época tales como Diderot, Voltaire, D’Alambert o Hume. Esto no quita que llegase a profundas contradicciones con algunos ilustrados. En Centroeuropa se respira racionalismo –la diosa razón– y  empirismo, despotismo ilustrado, deísmo y se produce un rápido y fecundo desarrollo de las ciencias. Esta nueva forma de pensar impregna todas las áreas del conocimiento humano: la filosofía, la religión, la política o la ciencia.

La biografía de Rousseau está marcada por una educación peculiar. La muerte de su madre, el posterior exilio de su padre y la educación a cargo de sus tíos paternos marcaron su infancia y su primera adolescencia. Así, dice en sus Confesiones «mi nacimiento fue el primero de mis infortunios». Considero importante incluir este dato para establecer una posible relación entre la experiencia traumática de una deficiencia educativa y la reflexión filosófica sobre la educación que hace Rousseau en El Emilio. Asimismo, es innegable que su experiencia existencial condicionó de gran manera su experiencia religiosa.

Se educa en un ambiente calvinista y que posteriormente se pasa al catolicismo influenciado por la baronesa de Warens, que fue su «madre», musa y amante. Más tarde vuelve al protestantismo para poder ser de nuevo considerado ciudadano ginebrino. ¿Estamos frente a la fe del barbero de la que hablaba Unamuno? Su cosmovisión teológica está lejos del catolicismo, y aún más del calvinismo. Creo, por tanto, que es razonable deducir que su experiencia vital cristiana estaba en un estado embrionario y que poseía una imagen del cristianismo fuertemente caricaturizada y desfigurada por el ambiente en que se movía.


La religión natural

No se debe confundir con la Teodicea, que es una disciplina filosófica que pretende demostrar racionalmente la existencia de Dios y la descripción de su naturaleza y sus atributos. La religión natural, en cambio, es un deísmo. Acepta la existencia de un Dios al que se accede a través de la razón y de la experiencia personal. Dios se revela a través de las leyes de la naturaleza, pero no a través de la revelación directa, la fe o la tradición.  Dios existe y es creador del mundo, pero no interviene en su devenir. Uno de los primeros deístas quizás fue el mismo Aristóteles cuando hablaba de Dios como «motor inmóvil». Los ilustrados tomaron este concepto y hablaban de Dios como un «relojero» del universo.

En la búsqueda de la verdad, Rousseau experimenta los límites de la razón. Es consciente de que Dios transciende por completo el alcance de la razón humana, pero ante esta barrera, Rousseau prefiere no seguir razonando. Para él, el fides quae carece de importancia porque no es necesario saber nada que exceda las capacidades naturales que Dios ha dado al hombre.
«¿Es inmortal el alma por naturaleza? No lo sé.»
«No me preguntéis tampoco si los tormentos de los malos serán eternos, pues lo ignoro.»
«¿[Dios]  ha creado la materia, los cuerpos, los espíritus y el mundo? Lo ignoro. La idea de creación me confunde y excede a mi capacidad.»
Esta limitación y ceguera del hombre –que  además es inevitable– la atribuye al mundo corporal y corruptible:
«como [cuerpo y alma] son de naturaleza tan diferente, se hallan por unión en estado violento, y cuando cesa su unión vuelven a sus estado natural, y la sustancia activa y viviente recobra aquella fuerza que empleaba en mover la pasiva y muerta. ¡Ay!, demasiado lo conozco por mis vicios.»
Tal es la condición caída del hombre que lo hace incapaz de aspirar a cualquier otro tipo de conocimiento que no venga dado por la razón, ni a obrar de modo diferente al que le dicte su propia conciencia.
Los contenidos de la revelación, dogmatismos, no son más que un obstáculo para un espíritu libre e ilustrado que busca la verdad.
«Y si de un modo sucesivo llego a descubrir estos atributos [divinos] de los cuales no tengo ninguna idea, es por medio de consecuencias forzosas y haciendo buen uso de me razón, pero los afirmo sin comprenderlos, y en realidad esto no es afirmar nada. En vano digo: Dios es de tal manera, le conozco y lo pruebo; pero no por eso concibo cómo puede ser Dios de tal manera.»
«¿No lo ha dicho Dios todo a nuestros ojos, a nuestra conciencia, a nuestro juicio? ¿Qué más nos han de decir los hombres? Con sus revelaciones no hace más que degradar a Dios.»
«[en los dogmas particulares] sólo veo los delitos de los hombres y las miserias del género humano».
En numerosas ocasiones se ha acusado a estos librepensadores de fabricar una religión amoldada a la moral propia: una religión según sus propias exigencias. No han sido pocas las veces que esto se ha dado en la historia de la filosofía, sobre todo en la postmodernidad y en la deconstrucción. Juzgar a Rousseau en este sentido sería imprudente, aunque sin duda, en su época, Rousseau se supo acusado por tales motivos. Su defensa consistía en la afirmación de que no podía ser posible un Dios creador que crea a un hombre ciego capaz de fracasar en su camino hacia Él.
«¿Cuál puede ser mi culpa al servir a Dios según las luces que ha dado a mi entendimiento y los afectos que inspira en mi corazón? ¿Qué pureza de moral, qué dogma provechoso para el hombre y que honre a su autor puedo yo sacar de una doctrina positiva, que sin ella no pudiera sacar del buen uso de mis facultades?»
  

Diversidad de religiones

Rousseau ve en la diversidad de cultos el culmen de las contaminaciones de los hombres hacia Dios. ¿Cómo puede ser que Dios, siendo único, se haya revelado de tan diversas maneras y haya exigido un culto tan diverso, incluso antagónico? Rousseau apela a un culto del corazón, que al ser sincero, es a la vez uniforme.
«[los hombres] no ven que esa misma diversidad [de cultos] proviene de la manía de las revelaciones.»
La lectura atenta del texto deja entrever que Rousseau despreciaba el mundo de la liturgia, los ornamentos y el culto. Posiblemente fuera testigo en su época de ciertos abusos y de argumentaciones del tipo «porque Dios lo ha dicho». Es una época en la que la teología católica está ciertamente en un periodo de «poca altura». El racionalismo y el fideísmo que también se estaba infiltrando en la Iglesia llevaron a la condena de teólogos como Lammenais, Bonnety o Günther. Tuvieron que pasar algunos años para que la Iglesia aclarara ciertas posturas católicas que se estaban diluyendo como el carácter de la revelación, la pérdida de la fe en Jesucristo o el ámbito sobrenatural de la Iglesia.

Los teólogos no son más que manipuladores de la verdad que intentan convencer a la gente para que piensen como ellos. De alguna manera quiere dibujar la predicación y el apostolado como algo más parecido a un corporativismo que a una voluntad de que todos los hombres conozcan la verdad y se salven.


Testigos

Otro punto que también combate con beligerancia es el carácter mediato de la revelación. No es capaz de creer en Dios por lo que los otros le han contado sobre Él.

«¡Siempre hombres que me cuentan lo que han contado otros hombres! ¡Cuántos hombres entre Dios y yo!» 
«Hubiera preferido oírselo a Dios mismo; no le habría costado más trabajo y yo estaría a salvo de toda seducción»
«El testimonio de los hombres no es otro que el de mi razón, y no añade nada a los medios naturales con que Dios me ha dotado para conocer la verdad».

Estando Dios por encima de los hombres, no puede ser que su palabra venga a través de éstos, sobre todo cuando los hombres enseñas cosas que contradicen a la naturaleza. Carga particularmente contra los milagros y las profecías. Rousseau no ha visto ningún milagro ¿por qué ha de creerlos? Desconfía del testimonio de los hombres, y más aún de los religiosos. Los milagros y los hechos extraordinarios son el medio del que se valen los hombres para imponer sus doctrinas a otros hombres.
«En todos los países del mundo, si se tuvieran por verdaderos los prodigios que la plebe y los crédulos dicen haber visto, cada secta sería la buena, existirían más portentos que sucesos naturales.»
Algo que le sorprende especialmente de los milagros, es que el diablo también sea capaz de hacerlos, éstos incluso mayores que los divinos. ¿Podría un Dios-amor tratar de confundir de tal manera a sus criaturas?

En su ataque hacia las fuentes testimoniales de la revelación incluye las mismas Sagradas Escrituras, especialmente en cuando a su redacción en distintas lenguas. Si Dios hubiera querido hablar a los hombres ¿por qué tuvo que recurrir a intérpretes? No concibe que lo que un hombre tenga que saber en cuanto a fe esté contenido en libros. El que no pueda acceder a los libros ¿está condenado?
«el mismo Evangelio está lleno de cosas increíbles, que repugnan a la razón y no es posible que las conciba ni las admita ningún hombre sensato.»

Los dogmas y la razón

«Si tuviera que pintar la estupidez enfadosa, retrataría a un pedante enseñando el catecismo a unos niños»
Como hemos visto, los dogmas no hacen más que oscurecer y llevar a contradicciones lo que se descubre a través de la religión natural. ¿Qué son los dogmas? Son parte de la oratoria que cada líder utiliza para ganar adeptos a su secta. Si los dogmas existiesen, deberían ser claros, luminosos y de una evidencia irresistible, y está claro que los dogmas que conoce Rousseau no lo son, al menos para él.

Rousseau pone en diálogo fe y razón, una fe y una razón que no son interdependientes. Utiliza fe en un término distinto a como  la entendemos hoy en día. Se refiere a ésta como el fruto de la razón que reflexiona sobre lo sobrenatural. Sería algo así como una fe natural. Según él, también los creyentes han corrompido la fe en cuanto introducen en ésta cualquier aportación revelada.

Rousseau arremete contras quienes hacen uso de una razón abierta a la trascendencia revelada, como él diría, contaminada por la fe.
«EL INSPIRADO: ¡Qué! ¿También injurian los filósofos?
EL RAZONADOR: Algunas veces, cuando les dan ejemplo los santos.»
  
La Conciencia

«Tampoco le pido el poder de obrar bien. ¿Por qué he de pedirle lo que ya me ha dado? ¿No me ha dado la conciencia para amar lo bueno, la razón para conocerlo y la libertad para elegirlo? Si obro mal, no tengo disculpa; obro así porque quiero; pedirle que cambie mi voluntad es pedirle lo que me pide él, es querer que haga mi trabajo y cobrando yo el salario; no estar satisfecho con mí estado es no querer ser hombre, y querer otra cosa de lo que existe, es querer el desorden y el mal»
«Hay, pues en el fondo de nuestras almas un principio innato de justicia y de virtud, conforme al cual juzgamos, a pesar de nuestras propias máximas, por buenas o malas las acciones nuestras y las de los demás, y a este principio yo doy el nombre de conciencia»
La conciencia, no es sólo es la verdadera guía del hombre, sino que es superior incluso a la razón. Si la conciencia es la voz del alma, las pasiones son las del cuerpo, y la razón muchas veces lleva a engaños cuando las dos voces hablan a la vez. Seguir a la conciencia es obedecer a la naturaleza, y obrando así, no hay peligro de errar.

En El Emilio expone su doctrina sobre el desarrollo y la evolución de la conciencia. En La profesión de fe del vicario saboyano, en cambio apuesta más por una conciencia más natural, que es fruto de una recta ordenación del bien y del mal, de la justicia, las virtudes y la libertad en el alma.

La remanencia del protestantismo se pone aquí de manifiesto. La naturaleza del hombre en cuanto ser corporal está oscurecida. El hombre no puede hacer siempre lo que quiere, sino que está sujeto a la ceguera de las pasiones. Tal es su naturaleza que actuar contra ella sería actuar contra el mismo Dios. Rousseau no propone el abandono al pecado, al contrario, propone una vida de virtud, pero de alguna manera, rebaja la valoración moral de los actos malos.


A modo de conclusión

La profesión de fe del vicario saboyano es un libro realmente interesante para comprender la evolución del pensamiento en la historia y cómo algunas tesis ilustradas siguen presentes en nuestros días. Una de las secuelas de la religión natural es hacer de la razón una herramienta sólo apta para los ilustrados. De alguna manera, parecía que el hombre religioso tenía que pedir permiso para utilizar la razón. La Iglesia reaccionó ante esto con la constitución dogmática Dei filius para exponer que efectivamente, es posible conocer a Dios a partir de la razón natural por las cosas creadas. Pero añade que el hombre está ordenado a un fin sobrenatural –la participación en los bienes divinos– que sobrepasa totalmente la inteligencia humana, y que Dios, en su sabiduría y bondad, ha querido revelarse a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad por un camino sobrenatural.

La razón no es sólo una premisa para la fe, sino una condición interna para ésta. Por lo tanto, no es lícito separar fe y razón. Se ayudan mutuamente y ejercen una función crítica y purificadora. La fe completa y purifica a la razón, y ésta anima a la fe cuando se cansa. Existe, pues, una circularidad de la fe y la razón.
Efectivamente, Dios se podía haber revelado personalmente a cada hombre, pero en no quiso hacerlo así. La acción y la palabra divina vinieron mediadas por Moisés, los jueces, reyes, profetas y sacerdotes en la tradición judeo-cristiana. La revelación es un hecho histórico que se pone de manifiesto con palabras y acontecimientos que culminaron con Jesucristo. San Agustín decía que así Dios quiso tener de testigos a hombres para ser testigo a favor de los hombres.

El hombre es un ser social, cultural e histórico. La fe como fiarse es una fuente de conocimiento válido, aunque el empirismo y la ilustración negaran tal validez. Todos somos herederos, de algún modo, de una tradición, y si no fuera por esto, la humanidad se encontraría en la Edad de Piedra. Sólo se puede revisar y someter a crítica lo aprendido cuando se ha alcanzado un cierto grado de conocimiento y madurez en lo que se aprende. No sabemos quiénes son nuestro padres si no es por el testimonio de otros ¿Es nulo por tanto el conocimiento mediato? ¿Es inválido el testimonio de otros como fuente de conocimiento? Pienso que no.

En otro orden de cosas, se puede leer entre líneas un sólido ataque –que no crítica– a la Iglesia Católica. El vicario no deja de lado su simpatía por el cristianismo y por el Evangelio, pero nada peor que los prejuicios y la demagogia para que se derrumbe intelectualmente una exposición filosófica como la que pretende hacer. 

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